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Ayer mi abuela me propuso hacer una comida en el pisito al que acabamos de venir a vivir mi pareja y yo. “Dile que le avise a su madre y a su hermana; cada uno preparamos una cosita para comer para que no os compliquéis mucho y listo”. Hasta aquí, lo típico, la abuela a la que le apetece ir a casa de los nietos y disfrutar de esos pequeños momentos. Está claro que con la edad las prioridades cambian y son más selectas, apartas el forraje y aprovechas mejor el grano. El bonobús está demasiado cerca de terminarse como para malgastar el viaje.

Ella no necesita un abrigo de visón, un crucero por los fiordos ni comer en Arzak. Las ilusiones de nuestro mayores suelen ser tan fáciles de satisfacer como llevarles a comer a tu casa. Sin embargo, no es el hecho de que ella, que me ha dado de comer durante 29 años, me pida venir a comer a casa. Lo que más me ha llegado y me ha tocado de verdad el corazoncito, es su cara de ilusión con 85 primaveras que no aparenta ni de lejos, su sonrisa de una niña de diez años que va a ir a Eurodisney, con la que me ha pedido que hagamos la comida prontito, para luego ¡tener tiempo de jugar a las cartas! ¿No es maravilloso? “Es que ya nunca jugamos en las comidas familiares y me apetece mucho”.

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Es fantástico que estas anécdotas me ocurran de vez en cuando, porque me ayudan a no perder el rumbo, a tener claras las cosas importantes de verdad y a trabajar siguiendo el camino de una de mis citas preferidas: “El éxito está en hacer la vida más feliz a los demás” (y, por tanto, hacer tu vida más feliz).

Esta es la historia de una familia formada por el padre, la madre, la hija y la abuela que había enviudado recientemente.

Como era normal a su edad, cada día que pasaba la anciana iba empeorando de la vista, del oído, etc. Empezaba a temblarle mucho el pulso y era común que durante la comida se le cayera comida al suelo. El hijo y su mujer se empezaron a cansar de ese desorden y un día decidieron cortar la situación.

Pusieron una mesita en un rincón del comedor para que la abuela comiera allí, a solas. Ella les miraba con lágrimas en los ojos desde la otra punta del comedor, pero ellos apenas le dirigían la palabra durante las comidas, salvo para echarle en cara cuando se le caía algo al suelo.

Una tarde, justo antes de cenar, la niña estaba sentada en el suelo jugando con unos bloques de construcción. El padre le preguntó:

– “¿Qué estas construyendo?”.
– “Construyo una mesita para ti y para mamá.”, le respondió su hija. “Así, cuando yo sea mayor, mamá y tú podréis comer solos en rincón.”

El padre y la madre callaron y al poco echaron a llorar. La niña les había hecho conscientes de la naturaleza de sus actos y de la tristeza que habían causado. Desde ese momento, la abuela comió siempre con el resto de la familia. Y cuando algo se le caía, a nadie le molestaba.

Disfrutad de vuestros mayores y respetadlos, porque el paso del tiempo es implacable, y una vez pasado, sólo deja sitio para los recuerdos de lo vivido y las lamentaciones de lo no aprovechado. Salud.

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